La jornada de movilización nacional convocada por las federaciones de educación, salud y otros sectores estratégicos ha marcado un hito en la dinámica social reciente del país.
Con una concurrencia que superó notablemente las convocatorias previas, el eco de las protestas se sintió en las principales ciudades. Dos consignas centrales motorizaron el accionar: el aumento salarial urgente y la libertad para los presos políticos —una demanda que, de manera sospechosa, parece seguir excluyendo a los dirigentes sindicales en los discursos de las cúpulas convocantes.
A este clamor se sumaron exigencias críticas: la derogación de decretos que anulan derechos conquistados, el rescate del HCM, la discusión de contratos colectivos en sectores como el petrolero y cementero, y el reenganche de los trabajadores de PDVSA. En Caracas, la determinación de las bases fue evidente al rebasar los piquetes gubernamentales que intentaron bloquear el paso, demostrando que el descontento comienza a desbordar los diques de contención tradicionales.
Frente al empuje de las calles, el gobierno desplegó una contraofensiva dual. Por un lado, una marcha en la capital bajo la consigna de la "paz", donde aún asomaron reclamos por el rescate de figuras del viejo esquema presidencial. Por el otro, una maniobra de la Central Bolivariana que, un día antes, anunció su disposición a discutir en el Ministerio del Trabajo una "salarización" de los bonos. Estas iniciativas no son casuales; buscan descomprimir la presión social y ofrecer un barniz de normalidad ante la mirada internacional.
La expectativa mediática intenta atornillar la esperanza de una mejora económica derivada del reconocimiento de Donald Trump a Delcy Rodríguez como presidenta "legítima". Este espaldarazo del imperialismo estadounidense no es gratuito: exige a cambio un control social absoluto, la entrega de recursos estratégicos (petróleo, oro y minerales) bajo términos dictados por Washington y el bloqueo de influencias rivales. Es una negociación que se cocina sobre las espaldas de quienes mueven la maquinaria del país.
No podemos afirmar aún que la clase obrera haya despertado plenamente para enfrentar esta profundización de la precariedad, pero la tensión es innegable. La burocracia juega a no "jurungar" a los sectores pesados de la producción, mientras el pueblo de a pie sobrevive en la incertidumbre.
Las manifestaciones del, 12 de marzo, marcan un punto de inflexión necesario en la lucha de la clase trabajadora venezolana. Tras años de reflujo y dispersión, el asfalto vuelve a llenarse con la dignidad de quienes producen la riqueza del país. Sin embargo, la combatividad mostrada en las calles nos plantea una pregunta fundamental que no podemos evadir: ¿Hacia dónde va esta fuerza? ¿Cómo evitar que esta energía se diluya nuevamente o sea instrumentalizada por intereses ajenos?
La tarea central de este momento histórico es la reconstrucción de la dirección política de la clase obrera. Las marchas son el síntoma del descontento, pero solo una dirección clasista, revolucionaria y políticamente formada puede convertir ese descontento en una fuerza capaz de conquistar no solo reivindicaciones inmediatas (como salarios dignos), sino también el poder político.
Es imperativo entender, que la dirección política no surge por decreto ni por autoproclamación. No basta con llevar banderas rojas o recitar consignas; la verdadera dirección clasista nace de una combinación dialéctica de formación teórica, acompañamiento constante a las luchas de base y la asimilación de la experiencia propia de la clase.
Recuperar la confianza de los trabajadores es una tarea titánica. Tras décadas de traiciones por parte de una burocracia sindical cooptada por el Estado, el escepticismo es la norma. La única forma de romper esta inercia es mediante la presencia decidida y honesta en cada conflicto, grande o pequeño, explicando pacientemente la naturaleza de la explotación y proponiendo salidas clasistas. La confianza no se pide, se gana en la práctica.
Para avanzar, la clase obrera debe tener total claridad sobre quién es su enemigo de clase. En la coyuntura actual, el enemigo no es un ente abstracto, sino un sistema capitalista semicolonial que hoy tiene rostros muy concretos.
El primer rostro es el gobierno bonapartista en Venezuela. Esta burocracia, lejos de representar los intereses populares, actúa como la administración de la capitulación nacional. Su rol es garantizar la "paz social" necesaria para la ejecución de los negocios de la burguésia, la entrega de los recursos estratégicos y la precarización salvaje del trabajo, todo bajo la supervisión directa del imperialismo estadounidense.
La Urgencia del Partido Clasista
Frente a un enemigo de clase tan organizado y potente, la respuesta de los trabajadores no puede seguir siendo la dispersión o la protesta aislada. La fuerza obrera, sin una organización política propia, es como el vapor sin una caldera: se disipa sin generar movimiento.
De ahí surge la urgencia del Partido Clasista y Revolucionario. La tarea urgente para los marxistas hoy es captar a los elementos más adelantados políticamente que emergen en luchas como las de hoy, educarlos en la teoría revolucionaria y organizarlos en torno a un programa que defienda intransigentemente la independencia de clase.
El Partido no es un fin en sí mismo, sino el instrumento necesario para centralizar las luchas dispersas, desenmascarar las maniobras de la burocracia y su falsa retórica "socialista", y dotar a la clase obrera de una estrategia de poder. Sin esta organización política, la energía de las manifestaciones del 12 corre el riesgo de ser asimilada por el reformismo o convertida en moneda de cambio para una nueva negociación cupular que mantenga intacto el sistema de explotación.
Las protestas demuestran que la clase obrera está viva y dispuesta a luchar. Pero para vencer, la combatividad debe transformarse en consciencia y organización. La reconstrucción de la dirección política y la construcción del Partido Clasista no son tareas para el futuro; son urgencias del presente. Solo así podremos transitar de la resistencia a la ofensiva, y conquistar el control obrero de la producción y el destino del país. La confianza se gana en el asfalto, pero el poder se conquista con organización revolucionaria.
CSR-El Topo Obrero

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